Bio

Dicen que las segundas partes no son buenas; pero como esto no es una película sino la vida real, no me molesta en absoluto los prejuicios que se pudieran tener al respecto. De todas maneras, vuelvo a relatar mi historia con Juan, mi sobrino que este año, en septiembre, cumple 13.

El punto de no retorno se había quebrado y con él, miles de códigos que ya no se necesitaban recuperar. En su lugar, se han abierto otros, despertando en mí sensaciones que jamás en mi vide soñé tener. A veces, soñaba con ese encuentro con Juan y la mañana me encontraba con una tremenda erección y dolor de testículos.

Las relaciones sexuales con mi mujer también fueron a veces distintas porque, en el medio de la pasión el deseo, imágenes de ese ano rosado de Juan, tan estrecho pero a la vez tan maravillosamente dilatado, me sacaba de contexto.

Fue así que mi vida cambió y también la de Juan. Ya las miradas inocentes y casuales de tío a sobrino habían sido reemplazadas por otras más cuidadosas, casi culposas. Estaba a la vez, a la expectativa de que apareciera o de que se dieran nuevas oportunidades. De una cosa estaba seguro, ahora ya lo espontáneo de la primera vez, se había convertido en el necesario y buscado de una segunda.

Juan había ingresado a la escuela secundaria. Ya no precisaba de entrar temprano por la mañana porque concurría a la escuela por la tarde. Ya las visitas se hacían más distanciadas y en mi interior sentía una necesidad, que era la de verlo.

Un fin de semana, Juan pidió mi ayuda. Tenía que presentar un trabajo sobre Historia y no entendía las consignas de la profesora. Me llamó por teléfono y preguntó si podría ayudarle. Sin pensarlo dos veces accedí y toda la tarde lo tuve para mí. Pero fue, en cambio, como si de a poco hubiéramos podido recuperar la inocencia de los primeros tiempos.

Hacia la tardecita, mi mujer y mis hijos se fueron a la casa de mi suegra. Juan y yo teníamos la casa para los dos solos. Luego de unas explicaciones breves, Juan quedó en la mesa del comedor leyendo sobre las fuentes de la Historia y sus Ciencias Auxiliares.Yo, me levanté y me dirigí al living. Encendí la tele y me dediqué a ver cualquier estupidez. De tanto zapping, me detengo en FTV (Fashion TV, canal dedicado a la moda) y un backstage de una sesión de fotos. Minas casi desnudas, con poses provocativas. Tanta era la calentura que venía acumulando que no tarde en excitarme y comenzar a manosearme debajo de mi pantalón de jogging.

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Al rato fui por más. Mojé las puntas de mis dedos con mi saliva y los llevé hasta mi ano. Comencé a acariciarlos y a introducirme el dedo índice. Sentía que explotaba. Jadeaba, mordía los labios. Por ser la primera vez lo estaba haciendo muy bien y me estaba haciendo muy bien.

Juan se acerca y se sienta en un sillón de dos cuerpos. Mis sonidos lo habían atraído. Me preguntaba qué estaba haciendo. Lo miré y sin pensarlo dije: "esto" y bajé mis pantalones y ropa interior. Con una mano seguía masturbándome y con la otra introduje un dedo, después dos. Me dolía a más no poder, pero el sólo hecho de ver que Juan estaba allí presente, observando atentamente, me excitaba y me envalentonaba.

Juan preguntó si me faltaba mucho para "largar la leche". Le respondí que no, que estaba disfrutando del momento; entonces, Juan se levanta de su sillón y se acerca para observar con más detenimiento cómo mis dedos entraban y salían de mi ano.

Me comentó que él también estaba caliente, que le encantaba ver lo que yo estaba haciendo. Se tocó la entrepierna y comprobé que su pene estaba erecto. Se desabrocha el cinturón, el botón de su jean y abre la bragueta. De entre su ropa interior, afloró su pene. Erecto, hinchado. Pero yo seguía en la mía. Estaba muy empapado de mi tarea, aún así trataba de no perder de vista lo que Juan hacía.

De repente le pregunto si estaba caliente pero Juan malinterpreta y cree que yo le estaba preguntando si mi pene lo estaba, por lo que acto seguido a mi pregunta, Juan se inclina y me toma el pene, rodeándolo con su mano y masturbándome. Yo estaba en la gloria.

Juan se inclina más, arrodillándose en el piso mientras me masturbaba. Yo quito instintivamente mis dedos de mi ano y los llevo a un costado. Mi sorpresa fue mayor porque Juan comenzó a acariciarme con su mano libre. Paseaba por mis piernas y se posó en la derecha. Fue lentamente desde mi pubis hasta la rodilla y luego por detrás del muslo. Allí me acarició la nalga.

Sin perder demasiado tiempo, con mi pie atraje una mesa ratona de madera más cerca para que me sirviera de apoyo. Luego, levante mis dos piernas y quedé como si fuese una puta barata, recostada y abierta.

Juan, quien había prestado mucha atención a mi autopenetración. Me hundió el dedo índice de un solo tirón. Me quejé de dolor y lo retiró de golpe, también. Esto me provocó un doble dolor, pero muuuuuuy satisfactorio.

Me ensalivé los dedos y lubriqué mi ano. Luego dejé que actuara. Las cartas estaban echadas ya y yo no tenía más que relajarme y disfrutar de esto.

Juan me penetró lentamente y luego comenzó a jugar en forma simultánea. Por un lado, entraba y sacaba su dedo índice, el cual cada tanto también se lo llevaba a la boca para llenarlo de su saliva; por otro, me masturbaba lentamente, hacia arriba y abajo. ¿Qué más podría pedir? Entre mis jadeos, no dejaba de feclicitarlo, que bien que lo hacés, dale, no pares, así, despacio, más lento, siiiiiii, todo, dame todo, pará, pará, no, dale, seguí....¿te gusta?, ¿estás caliente? Que si, que me gusta, que estoy caliente...

Ya era suficiente. Le pedí que me soltara y que me dejara continuar a mí. Tomé su lugar y Juan se quedó parado, a mi lado. Yo me retorcía en el sillón de paño, estaba descontrolado y abría y cerraba la boca entre jadeos y quejidos de placer. Con los ojos cerrados, volvía a mis placeres adolescentes cuando en la quietud de mi cuarto y en la oscuridad de las noches de verano, me masturbaba enredado entre mis sábanas.

En un momento, sentí que en los labios había otra presencia además de mi lengua. Era el pene de Juan que, siguiendo mis consejos sobre su liberación de instintos, me había apoyado para que se la mamara. Abrí los ojos y sonreí, inmediatamente me dediqué a chupar el pene de Juan. Ya no sentía uno sino que mis dedos se habían convertido en Juan, mi manoera Juan y ahora mi boca. Era como disfrutarlo pero al cubo.

Juan se aparta y se quita los pantalones y la ropa interior. Cruza sus piernas y me penetra la boca con su pene, con un ritmo maravilloso de mete y saca. Ahí decidí dejar de masturbarme y de autopenetrarme. Tomé con mis dos manos su cola y lo ayudé a que sus empellones contra mi boca fueran más firmes, más armoniosas. Juan tenía sus manos apoyadas contra la pared y no quitaba su mirada de mi boca, viendo con avidez cómo me comía su verga y sus huevos. Mis manos sobre su espalda, sobre sus nalgas, sobre la rajadura y hasta por su ano no parecían importarle demasiado. Estaba extasiado por la forma en que yo lo devoraba.

Cansado de la posición, lo retiré y lo senté sobre mí. Sentir su cola pegada a mi pene fue escalofriantemente sensual y sexy. Tenía sus piernas abiertas y su ano en dirección a mi verga. No lo penetré sino que lo atraje hacia mí y le di un beso por primera vez. Fue un beso primario, torpe, de labios entrecerrados y con cierto asco de su parte. Me pareció que no estaba preparado todavía así que abandoné.

Nos incorporamos y fuimos hasta la cama. Allí improvisamos un 69 con las mismas características del relato anterior: "...Me metí debajo de él e improvisamos un 69 dulce ya que él no sabía que hacer y mis líquidos preseminales le causaban asco. Le repetí que hiciera lo que sintiera hacer en el momento y mientras yo mamaba su pene, lamía sus huevos y su ano, el comenzó a pasar la lengua por el tronco de mi pene y a darme besos.



Cuando sintió que yo hurgaba en su ano, se mojó los dedos e hizo lo mismo. Debo confesar que su uña y su torpeza me dañaron en un momento pero luego sentí su índice, más de la mitad, dentro de mí y eso fue más que suficiente..."

Volví a voltearlo y a lamer, penetrar su hermoso ano con mi lengua. De nuevo los jadeos y sus expresiones. De repente, me sentí explotar, como si la sangre hirviera y mi cuerpo me pidiera más.

Le pedí que se levantara y saliera de la cama. Juan me miró extrañado, tal vez pensó que me había enojado. Nada más lejos de la realidad. Frente a él, me di vuelta, me coloqué en cuatro, abrí mis piernas a más no poder y me ensalivé el ano. Le pregunté si alguna vez había penetrado a alguien. Yo sabía la respuesta. Sabía que diría que no, que era su primera vez, pero necesitaba escuchar esas palabras entrecortadas, esa voz de niño queriendo convertirse en macho, ese ronquido producto de la excitación... lo dijo. Dijo que no. Un frío me corrió por la espalda. Levanté la mirada y me miré al espejo de la habitación. Ahí me di cuenta en lo que me había convertido.

Ya no era su tío, ni nada. Era un animal en celo, un proyecto de puta que iba a sellar su destino, el destino de la relación entre ambos. Le indiqué entonces que ensalivara su pene y que me apoyara despacito.

Se acercó lentamente y si antes estaba en dudas por lo que iba a suceder, el sólo hecho se sentir su cabeza pequeña de pre adolescente de 12 años contra la abertura de mi ano, terminó de convencerme por completo.

Mi ano estaba dilatado por tantos dedos así que lentamente fue comiéndose su pene hasta el final. La sensación era una mezcla de dolor y placer, con ganas de ir de cuerpo. Era algo extraño que había entrado en su totalidad.

Plop, plop, plop,plop,plop...escuchaba el sonido de sus huevos y sus piernas chocando contra mi. Se tiró sobre mi espalda y comenzó a masturbarme y yo sentía que me iba a morir de un momento a otro.

Se retiró lentamente y otro plop, de destrabe, de desabotonamiento. Me recoste sobre la cama y elevé mis piernas. Las coloqué sobre sus hombros y le pedí que me volviera a penetrar. La misma sensación dolorosa. La misma hermosa sensación placentera.

Su vaivén, sus empellones, su tibieza. Nada importaba sino sus ojos, esos ojos maravillosos, extasiados, perdidos en mi ano y su pene, entrando y saliendo. Su ombligo, su delicado cuerpo lampiño acercándose y alejándose, sus manos fuertes sujetando mis tobillos y abriendo aún más mis piernas para no perderse de nada.

Sus axilas limpias, emanaban una acidez que en esos momentos terminaba por calentarme. Bajo lentamente mis piernas. Primero una y luego la otra. Juan detiene su movimiento y me espera. Está atento a cada uno de mis gestos. Comienzo a moverme y él a masturbarme. De nuevo el hormigueo y los latigazos sobre mi pubis. No quiero acabar asi que le pido que me abrace. Lo hace. Nos desconectamos y volteamos. Ahora es mi turno. Pero no lo penetro sino que, como un acto inconsciente, vuelvo a ensalivar mi ano y me siento sobre su pene. Siento como se hace lugar en mi interior, siento como penetra, como la cabeza hace punta abriéndome. Me duele, pero es el dolor de los dioses.

Me arqueó hacia atrás y tomo sus piernás, abriéndolas y toqueteo sus huevos. Luego ensalivo mi dedo y mojo su ano. No dejo pasar más tiempo y entierro un dedo. Frunce su ceño y dejo que mi dedo se haga lugar. Luego comienzo a meter y sacar, pero sus gestos de dolor me ganan.

Despacio quito mi dedo y me inclino hacia delante. Lo tomo de su cuello y lo besé. Pero esta vez, el beso fue diferente, porque en lugar de encontrarme con labios entrecerrados, me encontré con una boca abierta y dispuesta, con unos labios carnosos, jugosos y una lengua juguetona.

Comencé a cabalgar en forma constante, cada tanto hacía movimientos circulares de cadera y observé cómo le gustaba.

Le pregunté si le faltaba mucho y me respondió que no, que ya estaba, que sentía como....ahhhhh....si, si, asi.....como una cosquillita pero que.....uhhhh...ahhhh...si, si....le faltaba poco... mis sonidos se confundían con los suyos y se percibía el olor a sexo que emanaba de ambos y que impregnaba el lugar.

A los pocos minutos, me salgo lentamente y vuelvo a cabalgarlo, pero esta vez dándole la espalda. Él me toma de mis nalgas y me obliga a subir y bajar. El muy puerco se estaba masturbando pero conmigo hasta que en un momento siento que se relaja y un pequeño, casi imperceptible chorro en mi interior.

Se desploma sobre la cama y yo me retiro. Lo limpio con mi lengua y su cara de cansado me lo dice todo. Su pene estaba erecto así que le pido un último favor: que me penetre de nuevo y me haga acabar. Dicho esto, coloco mis piernas sobre sus hombros y me penetra pero ya no sentía su pene tan duro como antes. Me abro un poco más y Juan comienza a masturbarme.

La sensación de su pene en mí y los sacudones que le hacía a mi pene me hizo poner más loco, acabando con fuertes chorros en todas direcciones.

Ambos quedamos totalmente destruidos. El cansancio y el agotamiento amagaron con quedarnos dormidos pero antes de que eso ocurriera, salimos y fuimos al baño. Nos limpiamos y volvimos al comedor.

Juan me miró. Yo hice lo mismo y le agregué un "te quiero mucho, sabías?..." y le sonreí. El me dijo que también me quería mucho. Y no volvimos a hablar.

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